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Panorama

Hoy en nuestro país la falta de valores cívico-éticos permea en todos los niveles de la sociedad por lo que es necesario recobrar y reforzar estos valores a efecto de lograr una convivencia armónica, respetuosa y constructiva, en la diversidad.

Tenemos un entorno social caracterizado por la falta de compromiso social e interés por el otro, discriminación, intolerancia, incredulidad y desconfianza lo cual desemboca en un desencanto sobre el presente y un afán de forjarse un futuro sobre el quehacer individual a pesar de lo que sea y de quien sea.

Afirmar ¡Se ha roto el tejido social! es mucho más que una frase, mas que un lugar común. Apenas unas décadas atrás, en este país, más allá de las instituciones o la debilidad de las mismas, la sociedad mexicana contaba con referentes próximos en las comunidades: el maestro, el sacerdote, los padres, los abuelos, la familia, e incluso, en no pocas ocasiones y regiones, personajes como el tendero o el policía eran referentes relevantes para la convivencia pacífica y razonable. Había una autocontención social que definía límites, reglas y existían personas a los que la sociedad les confiaba la transmisión de valores y la aplicación de las reglas.

Tal vez ahora algunos de esos valores y esas reglas podemos considerarlas en desuso pero lo que no podemos desconocer es que la intermediación entre las instituciones sociales y el individuo se perdió, se desdibujó, se debilitó. Por ello es apropiado hablar de que se rompió el tejido social y es necesario volver a tejer esas formas de autocontrol individuales y comunitarias.

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Nos encontramos en un momento en el que hay un déficit de ciudadanía. Entendiendo por ésta el conjunto de individuos que convive, se expresa, es y se sabe corresponsable del espacio público. Es decir, cuando hablamos de déficit de ciudadanía nos referimos a que en la gran mayoría de los casos los mexicanos hablamos de lo público como algo que nos es ajeno y no nos sentimos responsables de lo que ahí sucede. Criticamos a quienes toman las decisiones y solo nos manifestamos cuando éstas nos afectan de alguna manera, sin embargo, esta crítica no se traduce en un interés por participar y menos aun en una acción en el espacio de lo público.

México necesita de individuos informados, conscientes de su responsabilidad frente a los espacios que nos son comunes, interesados y dispuestos a participar y hacerse corresponsables. El rumbo de una sociedad no solo se construye desde la definición de políticas públicas sino también desde las acciones individuales, cotidianas, que pasan por el respeto al otro y a las mas elementales reglas de convivencia.

ilustrar lo anterior no es necesario recurrir al extremo del recuento de los daños y víctimas de la violencia que por lustros vive nuestro país o enumerar los lamentables actos de corrupción que tanto señalamos. Veámonos al espejo y repasemos uno de nuestros días: cuántas veces no manifestamos nuestra indiferencia ante la injusticia o la pobreza; cuántas otras no manifestamos nuestra intolerancia frente al que piensa o actúa de una manera distinta; en cuántas ocasiones hemos estado a punto de atropellar a un peatón por avanzar un centímetro; en cuántas otras hemos justificado el recurrir a actos de corrupción por ahorrarnos unos pesos o unos minutos…… el deterioro, el empobrecimiento social, se hace también en la cotidianidad y ante los ojos y oídos de nuestros hijos.

Pareciera que el antivalor se vuelve el valor: el “listillo”, el “gandaya”, el que todo lo logra, independientemente de los recursos o de que pase por encima de otro, es el triunfador, el personaje a imitar. Lo anterior forma parte del anecdotario de las conversaciones familiares y es parte del imaginario colectivo: el éxito es producto de la suerte o está sustentado en recursos inconfesables, el mérito producto del esfuerzo honrado no existe.

De ahí que no es de extrañar que la desconfianza parece ser el sello distintivo del mexicano, su ADN; recientes estudios sobre la calidad de la ciudadanía en México demuestran que 7 de cada 10 mexicanos afirman no confiar en otras personas1.

Para atender todo esto es necesario reconocer que, en buena medida, es un problema cultural, ya que se trata de acciones que forman parte de nuestros códigos de conducta y que han pasado por un proceso complejo de incorporación a través de las generaciones. Para modificar esta situación es necesario el desarrollo de una política pública o al menos de acciones sistemáticas y reiteradas en la educación de las futuras generaciones de ciudadanos.

Ahora bien, se ha llegado a esta situación, entre otras cosas, por la desatención en la educación al tema de los valores y el civismo, privilegiándose el desarrollo de competencias en un sentido pragmático e individualista; en donde la utilidad hay que obtenerla en el corto plazo sin importar el costo. No debemos arriar la bandera de la productividad, la eficiencia y la eficacia, pero ésta no deber estar reñida con la responsabilidad de pensar y respetar al otro, el método también debe ser considerado en los planes para lograr nuestras metas.

La identidad de los jóvenes está presionada por la tan ampliamente difundida consigna: si no tengo, no soy y no pertenezco.

Se ha promovido como la idea del éxito y como el valor fundamental el rodearse de posesiones, del “poder” sobre otros, llegándose al absurdo de hacer héroes sociales a personajes que delinquen y que han hecho su prestigio a costa de afectar a otros.

Resulta fundamental retomar la enseñanza y aplicación cotidiana de valores como la honestidad, el respeto, la tolerancia y el diálogo que promuevan como fin último el bien de todos y el surgimiento de una nueva Generación de Mexicanos con Valores.